Un patio vacío y una niña sola jugando con sus pequeños muñecos de papel. Pedro es el único de tela, hecho con los restos de un peluche que era de su mamá. Él en muchas de sus historias era el malo, quien sometía a los otros a trabajar duramente por horas y horas. Era quien ponía todo tipo de condiciones a la esperanza de los otros. Pero en algunos relatos de la niña Pedro era el príncipe heroico repleto de bondades. Ese día fue un tirano que ordenó confinar en una celda, a la humilde familia, por no haber cumplido con su labor. Por otro lado estaba la familia algarrobo a diferencia de Pedro ellos eran pobres, estaban hechos de papel. Sus pelos eran de tiritas metalizadas, menos el cabello de la más pequeña, que era suave como el papel de seda. Mientras jugaba con sus diminutos amigos ella dejaba ver entre sus manos anillos y pulseras hechos de recortes de botella y botones. Las camitas de sus muñecos estaban rellenas de algodón, y sus fundas eran el envoltorio de los caramelos que su abuela le obsequiaba.
Al abrir su cajita para buscar la mesita que delicadamente había fabricado con escarbadientes se quemó con el frío de un hielo. Ella giró su rostro cubierto de lágrimas hacia la ventana y vio a su hermano. Él estaba riendo desproporcionadamente del otro lado del vidrio. Ni castigado dejaba de hostigarla. Lo que él no sabía es que la mesita y toda la ropa de papel que la niña había fabricado durante largas tardes estaban empapadas, frágiles, dobladas, a punto de romperse. La niña hecha un mar de lágrimas estiró ropa por ropa con la esperanza de que el sol la secara. Miró al cielo cubierto de nubes con ojos de súplica. Su hermano observó la escena rogando volver el tiempo atrás, buscó la forma de salir pero los ojos desafiantes de su padre lo mantenían herméticamente encerrado entre la silla y la ventana. No podía dejar de querer remediarlo pero no encontraba como, ya que el dolor desfiguraba su rostro y delataba su angustia.
Las horas pasaron y ellos inmóviles contemplaban su presente. El día se iba y su madre llegaba.
Minutos más tarde, luego de un vaso de leche, la madre cansada arropó a sus hijos. Se acomodó en el borde del viejo colchón y apagó la luz. Los niños quedaron, como cada noche, frente a frente entre sus padres. Con una mirada se pelearon, con otra se amigaron y con la última se consolaron.
Ana Pepe
Marzo 2012
Segundo borrador
Abril 2012
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